Las comedias de Shakespeare

Ya desde sus primeros ensayos con el género, pero muy particularmente a partir de Sueño de una noche de verano, el espíritu de las comedias románticas de Shakespeare asoma como algo totalmente nuevo, muy diferente a la ortodoxia de Aristófanes, a las escenas hilarantes de Plauto o el sentimentalismo sofisticado de Terencio.

En sus comedias conviven lo objetivo y lo subjetivo, y la risa intelectual se torna emotiva. Los tontos se vuelven sabios, y los sabios, necios. Por momentos, el autor se confunde con sus personajes y en otros aparece como un dios por encima
de ellos. Nos burlamos por igual de los caracteres ridículos de sus seres y de lo absurdo de las situaciones, para advertir que no hacemos otra cosa que reírnos de nosotros mismos. Clara muestra de todo ello es Mucho ruido y pocas nueces, en la que Shakespeare manifiesta su habilidad para mezclar géneros y rasgos humanos con resultados
absolutamente innovadores. Engañosamente ligera en su superficie, además de ensayar la crítica de una sociedad dominada por rígidas convenciones y apariencias que impiden ver la realidad, esta comedia incómoda confiere al lenguaje un protagonismo esencial, y contrapone los riesgos de la afectada retórica amorosa al triunfo del amor verdadero.

La obra

No fue una tarea sencilla encontrar la inspiración y el camino a recorrer para el tratamiento de un clásico que ha desafiado los siglos, a través del teatro, el cine y la ópera, sin perder nunca su extraordinario potencial. Al releer la obra, dejé que la trama se desencadenara sin prejuicios para que mi imaginario creara nuevas coordenadas. Éstas surgieron de un film de Luis Saslavsky de fines de los cuarenta, Vidalita, donde, como en Shakespeare o en Lope de Vega, una joven se viste de hombre para ser aceptada en la estancia de su abuelo y poder perturbar a un capitán de un fortín cercano. Así creció la idea de la estancia en donde se plantea la acción, en el verano de 1875/76. Cambié la exótica Messina por el campo argentino, a Don Leonato por Don Leandro Lago, al alguacil Dogberry por el insólito comisario Robles. Y los soldados de Don Pedro de Aragón, que regresan de una guerra imprecisa, pasaron a ser un grupo de oficiales al mando del comandante Pedro Gauna, que retornan de la frontera con el indio.

Apelé al conocimiento histórico, a la literatura, a las costumbres de la época, a la pintura y a la música. Y a una minuciosa tarea de traducción, que permitiera un lenguaje con el cual se construyen y relacionan los tres hilos conductores de la obra: Claudio y Elisa junto con un Don Pedro que corteja con entusiasmo sospechoso a las mujeres de sus oficiales; Beatriz y Benedicto con sus escaramuzas verbales; y el comisario Robles quien, con su disparatada tropa, llevará a dilucidar los malvados
planes de Don Juan, el extraño hermano de Don Pedro.

Todos juntos cuentan esta historia de avatares, mentiras, engaños y disfraces. Una comedia coral de malentendidos con personajes irremediablemente crédulos, en donde todo se sabe “de oídas”.

Oscar Barney Finn